A partir de las 8 de la noche de mañana, 28 de febrero, el gobierno de la Iglesia Católica y el Estado Vaticano quedarán en manos de un consejo de cardenales, presidido por el cardenal camarlengo Tarcisio Bertone, el actual secretario de Estado, quien ha tenido esta responsabilidad en el papado de Benedicto XVI.
Estos cardenales han sido elegidos al azar entre sus pares y actúan
como un gobierno provisional hasta el nombramiento del nuevo papa.
Este grupo, ante la dimisión de Benedicto XVI, se enfrenta a una nueva
situación como lo planteó el jesuita Federico Lombardi, portavoz del Vaticano.
La tarea central de estos cardenales, hasta la anterior elección papal,
se centraba en preparar los funerales del Pontífice fallecido y emitir la fecha
y convocatoria del cónclave, para elegir al nuevo papa, según la normativa de
la constitución apostólica Universal Dominici, promulgada por Juan Pablo II en
1996.
En esta ocasión y por primera vez en 719 años no hay Papa muerto. El
cónclave, en el protocolo pasado, no podía ser citado antes de los tres días
que el papa fallecido era expuesto en la Basílica de San Pedro y los nueve días
del novenario para rezar por su alma.
La dimisión de Benedicto XVI no sólo implica que se pone fin al
ejercicio del papado de manera vitalicia, una decisión que seguramente llegó
para quedarse, sino también un cambio en la concepción misma del ser Papa y en
el carácter de su gobierno.
Benedicto XVI firma su dimisión como Obispo de Roma y sucesor de San
Pedro y no como Vicario de Cristo, expresión utilizada desde el siglo XII.
El teólogo suizo Hans Küng, colega del Papa en el Vaticano II, le había
recomendado que cambiara ese título por ser teológicamente inexacto.
Ha pasado desapercibida la importancia de este cambio que resulta clave
y es una aportación fundamental del teólogo, que es Benedicto XVI. El Papa deja
de ser el representante de Cristo en la Tierra, para ubicarse como lo que es:
el sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia con sede en Roma. El cambio no
es cosa menor.
Este gobierno interino será muy breve porque la elección en el cónclave
será rápida al no haber grandes diferencias teológicas entre los 117 cardenales
con derecho a votar.
El 60% de lo mismo fue nombrado por Benedicto XVI y el otro 40% por
Juan Pablo II.
Están también urgidos por los tiempos. La celebración de la Semana
Santa inicia el 25 de marzo y para esas fechas ya debe estar nombrado el
sucesor de Pedro que habrá de presidir las mismas.
Así va a iniciar su trabajo pastoral como obispo de Roma.
Benedicto XVI, con su dimisión consciente y libre, imprime una serie de
cambios fundamentales al gobierno de la Iglesia Católica, al Estado Vaticano y
a la concepción misma del ejercicio del papado.
Este teólogo conocedor profundo de la iglesia sabe bien lo que ha
hecho. La historia lo va a recordar.
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